Porqué no decirlo, si mi vida ha transcurrido en constante movimiento.
No es solo desplazarse, ni siquiera tiene relación con recorrer un [el] territorio, es el viento, su significancia, son las posibilidades y su causalidad. 15 minutos antes tomo el tren, ya son 15 minutos atrás, 18 kilómetros recorridos, 8 líneas en mi croquera y 10 ideas en la cabeza.
A la distancia aparece un horizonte, 1, 2, 3 planos superpuestos a velocidades no coincidentes. Un horizonte que homogeneizó las siluetas, desconoció los detalles y los perpetuó en la línea difusa del movimiento. Ahora pienso, en el motivo de mi viaje, en este minuto perdido entre las destellantes y fluorescentes luces del pasillo, y es así que siento la nostalgia que experimento cada vez que voy algo más allá de un paso.
De pronto junto al rechinar del metal sobre el metal, de la presión sobre el estómago, aparecen la imagen de mi bicicleta [la Mailén], de las micros, el metro el RER de París, semáforos, y el antiguo Chevy nova de mi viejo [el Leoncio], que junto al Longino* generaron mi imagen y percepción del viaje, y el tren adquiere entonces una velocidad mayor, distinta, y ya no recorre kilómetros, recorre días, años, recuerdos, y mi viaje ya no tiene destino, sólo tiene sentido
–estación Linderos—
…Ahora recuerdo, para mí el viaje solo tiene sentido, y el tren, las líneas y estaciones se desvanecen, y reconstituyen una infinidad de cosas, y solo queda el sentido, solo queda el movimiento, y esta circunstancia, irónicamente me hace sentir quieto, seguro, y puedo así extender mis raíces.







